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por ROGELIO RUIZ FERNÁNDEZ.

Los pliegues de los vestidos de las esculturas del Partenón nos demostraron que la piedra podía ser ligera. La roca blanca, en los muslos de las Sabinas apretados por las manos de mármol, fue blanda mucho después. Los velos de las esculturas de las tumbas napolitanas también… Pero el acero tiene un entrar en la poesía mucho más tardío. Saint-Exupéry, en el treinta y seis, dice que los escenarios de hierro son inhabitables porque se oxida y siempre se muestra muerto y que la piedra guarda su esplendor y su calor. Especialmente en el s. XX de la mano de Oteiza, Chillida, Serra, André… el acero empezó a mostrar su capacidad poética, también a ser sustancia artística en arquitectura. Hablo de acero y de escultura, porque la obra de Aranda, Pigem y Vilalta, que a medida que se fueron haciendo más maduros, más puros, se pasaron a llamar más coloquiales: Rafael, Carmen y Ramón, RCR, es una propuesta artística que se convierte en Land Art en algunas de sus obras, que impasibles cruzan un paisaje con un propósito elevado. A veces los volúmenes vuelan sobre la pendiente, dejando así evidente el gesto rotundo del proyecto, o las bandas de chapas se separan del suelo y marcan la horizontal ingrávidas. Ya en una de sus primeras casas muestran esta inclinación diseñando un mueble, en el salón, cajón sobre cajón, que era homenaje directo a Donald Judd.

Para buscar intensidad  reducen materiales y se quedan con hierro, con cristal, con mármol y a veces estos catalanes, cómo no, con las piedras hacen panes, pan artístico para comer nosotros.  

Esas láminas de acero estrechas, seguidas, siendo estructura, lamas o brise-soleil continuo cierran muchas de sus propuestas. En una pasarela son barandilla. En ocasiones suben tras el techo y continúan un metro, dándonos entre ellas un rasgado de cielo que las convierte en parapeto, en balaustrada de remate estilizada, abstracta. A veces se alabean y se duplican en vidrio. Otras están tras un cristal que da reflejos estrechos desde afuera, y desde adentro, como un enorme partidor de huevos cocidos cuyos alambres cortan al unísono, así  corta su luz  en tiras el espacio, brillando desde la mañana, cuando la obra mira al sol horizontal cara a cara y va girando todo el día, en orden pautado, pausado, por las salas.

Es ese momento mañanero, cuando la tierra suelta el agua, rocío, neblina, soledad temprana, cuando el silencio te acompaña, el momento de solitud para disfrutarla. Seriedad, Solemnidad, Sobriedad, Silencio, ssshhhhhh! Los recorridos largos, paralelos a fachadas con ese ritmo claro, lento, van creando anáforas de luz, que apelan al sin fin, al gusto por lo eterno. Así también trabajan ellos, golpe tras golpe del herrero, RCR erre que erre del trabajo intenso…

También nos cuentan que esa rotundidad por fuera, busca en el interior la escala, la entrada baja por un cristal, que en vez de hueco es negación de masa, rasgadura o llaga, contrastándola con espacios altos con la luz cenital que te doblan el cuello al pasar el umbral. Los personajes que, sin saber por qué, al entrar dentro callan porque allí algo pasa…, son o somos nosotros, para los otros, figuras dando escala, movimiento ligero, que muestra la quietud de la caja.

Nos enseñan también los de Olot, así les llaman, que no hay proyecto pequeño, unos baños en el bosque casi miesiano; un soporte de luz, que se convierte en un gigante inclinado que saluda a los corredores, sus vecinos, de una suprematista pista, verde sobre verde; varias pequeñas casas grandes en el detalle; un comedor de una masía restaurada, restaurante que, para que sea de fiesta: gira, ablanda y dora las tiras de acero que soportan sin embargo; una piscina de otra antigua casa que quiere ser alberca para no molestarla…

Nos enseñan también que la mirada, ese cristal enorme, ese vacío en la fachada que recoge el paisaje y te lo mete dentro, te recuerda la maravilla que está junto a tu casa: la enmarca y la valora. Naturaleza: árboles y montañas…

Yo sé que hay gente más solidaria, más sostenible, más social…, y sé que hay otros premios para eso, pero debemos de centrarnos aquí en lo que es nuestro: la Arquitectura con mayúsculas. La que una fundación como los Pritzker debe premiar y este año ha premiado con acierto y bondad.

Acabo con un cuento que muchas veces pienso: es la historia de un hombre que baja al río de su pueblo a buscar una piedra. La escoge, la seca, la va puliendo, todos los días con cariño y precisión sincera, hasta que un día, tras muchos años de labor intensa, su brillo ilumina la Tierra entera. Sí, no sólo Pla y Pessoa, Torga para quién la cultura son las ventanas abiertas de la casa natal, de par en par, al aire de lo global. Aquí al revés, inverso, su centro es una fuente que irradia al mundo entero. Universo de la creatividad compartida que dirían ellos.

Pero estoy preocupado con esta distinción, me temo que (ya tan famosos) no puedan seguir con su estudio (ya no tan pequeño) dándonos estas perlas, haciéndonos mejores y personas más serías. Os deseo Carme, Rafael y Ramón que podáis continuar ahora con la misma ilusión, pasándolo tan bien, gracias de corazón.

ROGELIO RUIZ FERNÁNDEZ, dr arquitecto. 6 de Marzo de 2017.

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